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La política exterior de Trump, una transacción impredecible

Zenko define la doctrina de Trump como un "transaccionalismo táctico", que consiste en la búsqueda de "victorias discretas" o "tuiteables"; el tratamiento de las relaciones "de forma bilateral, en lugar de multidimensional", y la resistencia al concepto de "medios y fines" que suele formar parte de las grandes estrategias.

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Lucía Leal

Nueva York – Convencido de que ser impredecible es su mejor arma a escala global, el presidente electo de EEUU, Donald Trump, ha esbozado una política exterior alejada de los grandes esquemas estratégicos de sus predecesores y ajustada, en cambio, a la mentalidad transaccional que le hizo rico en los negocios.

En vísperas de que tome posesión de su cargo, nadie sabe con seguridad cómo será la política exterior de Trump, un líder que se ha alejado de los clásicos esquemas internacionalistas y ha oscilado entre el aislacionismo y el militarismo, confundiendo al mundo con propuestas explosivas que rara vez explicaba en detalle.

“El presidente electo tiene una forma de abordar la política exterior que es explícitamente antiestratégica”, explicó Micah Zenko, un analista del Center on Foreign Relations, en un artículo publicado el pasado viernes en la revista “Foreign Policy”.

Zenko define la doctrina de Trump como un “transaccionalismo táctico”, que consiste en la búsqueda de “victorias discretas” o “tuiteables”; el tratamiento de las relaciones “de forma bilateral, en lugar de multidimensional”, y la resistencia al concepto de “medios y fines” que suele formar parte de las grandes estrategias.

Durante su campaña electoral, Trump prometió ser “más impredecible” que sus predecesores en su relación con el mundo, guiarse por el principio de “Estados Unidos primero” y extraer jugosos acuerdos de sus adversarios desde una posición de fuerza.

Su mayor prioridad es el combate al grupo yihadista Estado Islámico (EI), lo que explica en parte su voluntad de dar un giro a la relación con Rusia, que se encuentra en su punto más bajo en décadas, y combatir a los terroristas de la mano de Vladímir Putin.

Ese objetivo se complicó con el informe de las agencias de inteligencia estadounidenses que concluye que Rusia interfirió en el proceso electoral con el objetivo expreso de ayudar a Trump a ganar, algo que el presidente electo se resistió a creer durante un mes antes de admitir que Moscú pudo haber lanzado esos ciberataques.

La alarma que ese informe ha creado en el Congreso estadounidense ha llevado a sus nominados para Exteriores (Rex Tillerson), Defensa (James Mattis) y la CIA (Mike Pompeo) a adoptar un tono mucho más duro hacia Rusia en sus audiencias de confirmación en el Senado, donde también han suavizado otras propuestas polémicas de Trump.

“Las contradicciones (entre Trump y sus nominados) son muchas, respecto a la tortura, la política hacia Rusia, los programas de modernización nuclear, el muro en la frontera (con México) y los visitantes musulmanes”, dijo a Efe Gordon Adams, profesor emérito de política exterior en la American University.

“Queda por ver si las promesas de Trump eran pura retórica y están sujetas a cambios”, añadió el experto.

Adams ve improbable que Trump ceda a la presión del Senado para imponer más sanciones a Rusia por sus ciberataques, y cree que el nuevo presidente “programará pronto un encuentro con Putin” para encauzar la relación, pero la impresión de interferencia rusa en EEUU promete aguar la luna de miel que quería tener con Moscú.

China se perfila como el mayor adversario en la política exterior de Trump, a juzgar por sus críticas a la política comercial del gigante asiático, su acusación de que Pekín no ha hecho lo suficiente contra Corea del Norte y su ruptura de protocolo al conversar con la presidenta de Taiwán tras su victoria electoral.

“Creo que la confrontación con China crecerá, y podría ser peligroso”, sostuvo Adams.

Su relación con Europa ha comenzado también con una nota tensa, después de que el pasado fin de semana asegurara en una entrevista con el diario británico The Times que la Unión Europea (UE) es “básicamente un vehículo para Alemania” y pronosticara que, además del Reino Unido, “más países abandonarán” el bloque de los Veintiocho.

Con esas declaraciones, Trump se convierte en el primer líder estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial en no apoyar la integración europea, algo que, sumado a su insistencia en que la OTAN está “obsoleta”, ha generado alarma en el viejo continente.

Trump solo ha nombrado a tres embajadores antes de su toma de posesión, la de la ONU, el de China y el de Israel, y para éste último puesto ha optado por David Friedman, un abogado que ha cuestionado la necesidad de una solución de dos Estados.

El presidente electo quiere acercarse así al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, quien no ha ocultado su entusiasmo por la llegada a la Casa Blanca de su primer interlocutor republicano y ha agradecido la oposición de Trump a la abstención del Gobierno de Barack Obama en la condena de la ONU a los asentamientos israelíes.

Por lo demás, la gran pregunta es si cumplirá varias de sus grandes promesas de campaña, como la de cancelar el acuerdo nuclear alcanzado con Irán en 2015 o la de retomar la tortura a los sospechosos de terrorismo.

Sus promesas de construir un muro en México y de dar marcha atrás a las medidas de Obama hacia Cuba si el Gobierno cubano no se presta a negociar con él “un acuerdo mejor”, siembran también la incertidumbre en sus relaciones con Latinoamérica, pero, de nuevo, nadie sabe si son planes inamovibles o pura retórica de campaña. EFE

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